
Y es verdad, sólo hace falta una tarde de toros para saber si será lo nuestro o no, porque, créanme, de platicadas ningún sabor puede recrearse si no lo tiene antes registrado la memoria, justo como una corrida, la cual es menester sentirla, olerla, palparla, oírla y vivirla.
Decía Hemingway que “en todas las artes, el placer se acrecienta con el conocimiento que se alcanza de ellas, pero desde la primer corrida que se vaya, el espectador sabrá si le gustan o no los toros, siempre que se haya acudido con espíritu libre, dispuesto a sentir únicamente lo que siente en realidad y no lo que cree que debe sentir.”
La tauromaquia es extrema, no hay medias tintas con y en ella, demanda y despierta en todo momento pasiones y por eso es tan sencillo descubrir, en medio de una total ignorancia o independientemente de si la primer corrida, a la que se asiste, es buena o mala, si uno seguirá fiel a una tarde de sol y sombra.
Mi historia taurina no es nada sensacional. No provengo de una familia amante de las corridas de toros. Mucho menos tengo un antecedente cercano. Y mi primer lidia se remonta a hace apenas nueve años. Sin embargo, siempre he admirado el arte y ésta, desde que existe, ha involucrado a los toros de una u otra manera, por lo que era de esperarse que la fiesta brava, un día, reclamara mi atención.
Cuando recibí la invitación para asistir a una corrida no puede negarme, y aún ahora le agradezco infinitamente a aquella persona que me acercó a la fiesta brava, su disposición y las tardes que compartimos.
Si bien una lidia representa una seria polémica, que día con día me convenzo es por demás inútil, lejos de pretender convencer a la gente sobre el “arte” que encierra una tarde de toros y por qué “deben” existir, mi intención es contarles algunas historias que mucho o poco tiene que ver con el fascinante mundo de los toros. Permitiéndome de vez en vez compartirles algunas de mis otras pasiones, intereses y quehaceres. Sean pues bienvenidos.
Decía Hemingway que “en todas las artes, el placer se acrecienta con el conocimiento que se alcanza de ellas, pero desde la primer corrida que se vaya, el espectador sabrá si le gustan o no los toros, siempre que se haya acudido con espíritu libre, dispuesto a sentir únicamente lo que siente en realidad y no lo que cree que debe sentir.”
La tauromaquia es extrema, no hay medias tintas con y en ella, demanda y despierta en todo momento pasiones y por eso es tan sencillo descubrir, en medio de una total ignorancia o independientemente de si la primer corrida, a la que se asiste, es buena o mala, si uno seguirá fiel a una tarde de sol y sombra.
Mi historia taurina no es nada sensacional. No provengo de una familia amante de las corridas de toros. Mucho menos tengo un antecedente cercano. Y mi primer lidia se remonta a hace apenas nueve años. Sin embargo, siempre he admirado el arte y ésta, desde que existe, ha involucrado a los toros de una u otra manera, por lo que era de esperarse que la fiesta brava, un día, reclamara mi atención.
Cuando recibí la invitación para asistir a una corrida no puede negarme, y aún ahora le agradezco infinitamente a aquella persona que me acercó a la fiesta brava, su disposición y las tardes que compartimos.
Si bien una lidia representa una seria polémica, que día con día me convenzo es por demás inútil, lejos de pretender convencer a la gente sobre el “arte” que encierra una tarde de toros y por qué “deben” existir, mi intención es contarles algunas historias que mucho o poco tiene que ver con el fascinante mundo de los toros. Permitiéndome de vez en vez compartirles algunas de mis otras pasiones, intereses y quehaceres. Sean pues bienvenidos.
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