
Además de la fiesta brava, también me encanta la literatura, y si lo menciono es porque me vengo a encontrar que uno de mis autores favoritos, el inglés Martin Amis, fue un espectador breve de lides, y de esa Experiencia es que me permito compartirles un poco:
“Vi un par de corridas de toros en mi adolescencia, y me apresuré a leer Muerte en la tarde, y unos cuantos libros más sobre el asunto, incluido el de Kenneth Tynan, Bull Fever, rebautizado como Bullshit, por Clave James. Al principio no fui inmune al poderoso e inmediato efecto del espectáculo, pero la emoción se enfrió para dar paso a algo mucho más extraño: una especie de vacuidad insensible.”
Sin embargo, fue de sus andanzas por España que Amis pudo “entrever algo de la otra cara de la fiesta: el héroe de Hemingway, Antonio Ordóñez, ahora retirado, era quizá el personaje más insigne de la Ronda, y lo vi con frecuencia por el pueblo, aunque jamás en el Antonio Ordóñez, uno de mis bares preferidos pese a toda su parafernalia hemingwaiana. Ordóñez era increíblemente guapo y carismático, e irradiaba fulgor como si estuviera bajo unos focos y llevara una gruesa capa de maquillaje. Los días de corrida tomaba las riendas de un coche de caballos y se paseaba en él con su glamourosa mujer y sus hijas (las dos jóvenes más glamourosas de la localidad). El fulgor interior de Ordóñez le venía de la ‘asimilación de la veneración’. Un hombre de valor probado —un matador que entraba a matar por encima de los cuernos, no desde un costado— y uno de los artistas clásicos del toreo. Se le trataba como un héroe de guerra que poseyera asimismo los atributos de un Pavarotti y un Pelé.”
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