Conocida también como orgasmo, la muerte chiquita es amiguísima del toreo.
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De sus preámbulos amorosos, efímeros encuentros o amores eternos se han desprendido infinidad de historias. Los principales protagonistas: los toreros y sus majas.
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Como amantes perfectos, unas veces oníricos y otras muy reales, los matadores han seducido a las mujeres más bellas y talentosas de diversas artes u oficios, robándose en el camino cientos de corazones más, que con un poquito de suerte logran arrancarle al torero algo más que un beso o una taleguilla, para guardarlo como su más indiscreto y paradójicamente íntimo secreto.
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Mas este divino placer no sólo es exclusivo del encuentro con el “héroe” y sin el toro, sino con la corrida misma, cuando se da esa suerte de arte en la que el torero se enfrenta al astado, creando inolvidables estampas cuyo embelesamiento llega hasta los tendidos, en los cuales si uno está atento y se es honesto con el propio cuerpo, se puede aprender a sentir, porque “cuando la temible bestia pasa una y otra vez por la capa sin largas pausas y sin fin, a un dedo de la línea del cuerpo del torero, se experimenta el sentimiento de proyección total y repetida, característica del juego físico del amor. Se siente allí mismo la proximidad de la muerte. Esas series de pases acertados son escasas y desencadenan en la muchedumbre un verdadero delirio; en esos momentos patéticos, gozan las mujeres, tanto se tensan los músculos de las piernas y del bajo vientre…” dice el anónimo narrador de la Historia del ojo, de Georges Bataille, que sin ser una novela taurina, hace uno de los mejores retratos de una lidia en Madrid y del placer que es capaz de despertar en la joven y bella Simone.
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Y si no lo han sentido o no están seguros, convendría recordar su mejor corrida o darse permiso de asistir a una.
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