
.... .... ... .... ... ... .... ... .. Para José Manuel Dip y Arturo Reyes,
... .. ... ... .... .... .... .... por su disposición a compartir historias
Tan cerca estamos del Bicentenario de la Independencia de México, que no está de más zambullirse en uno de esos recortes en pro de nuestro orgullo (bastante zarandeado a veces, pero al fin y al cabo nuestro).
Como aquel que narra Alejandro Rosas en el Relicario mexicano. Episodios inéditos de la historia nacional (Planeta, 2001), en el que un toro fue nuestro representante en una cruenta lucha cuerpo a cuerpo. ¡Qué tal!
Apenas concluyó la guerra de Independencia, a alguien se le ocurrió enfrentar a un bicho mexicano con un tigre africano; por supuesto, sobre el astado recayó una “grave responsabilidad: la honra nacional”.
El coso de San Pablo estaba a reventar, pues hay nomás había reunido a 10 mil espectadores.
Si ya de por si resultaba complicada la lucha para el toro, para darle emoción, al tigre se le mantuvo encerradito en una jaula y en ayuno en medio de la plaza, para ser liberado en cuanto el toro salió al ruedo.
“El tigre, dando un tremendo rugido, saltó sobre el lomo del astado haciéndolo sangrar a mares. La multitud enardecida gritaba exigiendo al moribundo animal que sacara a relucir su casta.” Y ¡ay! de nosotros y de nuestra honra, que de no ser porque “el toro ―según cuenta Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, Porrúa 1985― parece que comprendió y con un esfuerzo inexplicable, súbito y acaso pudiera decirse sublime, desencajó al tigre de su lomo, lo derribó y hundió una y diez mil veces sus aceradas astas en el vientre del tigre, regando sus entrañas por el suelo”. Ambos animales quedaron tendidos en la arena y, por supuesto, el público consagró al toro como triunfador.
Y, a propósito de esas cosas que pasan en los cosos cuando llegan las lluvias junto con las novilladas. Chicas, tengan cuidado de con quién se acompañan, no vaya a ser que alguien rememorando una estadía de María Félix y El Flaco de Oro en barrera ―“ella soberbiamente vestida de blanco y él con un muy bien cortado traje negro”―, emule esa tarde de toros en la que empezó a llover y el respetable comenzó a gritarle a La Doña: “¡Maríaaa, Maríaaa! ¡Abre tu paraguas negro!”
... .. ... ... .... .... .... .... por su disposición a compartir historias
Tan cerca estamos del Bicentenario de la Independencia de México, que no está de más zambullirse en uno de esos recortes en pro de nuestro orgullo (bastante zarandeado a veces, pero al fin y al cabo nuestro).
Como aquel que narra Alejandro Rosas en el Relicario mexicano. Episodios inéditos de la historia nacional (Planeta, 2001), en el que un toro fue nuestro representante en una cruenta lucha cuerpo a cuerpo. ¡Qué tal!
Apenas concluyó la guerra de Independencia, a alguien se le ocurrió enfrentar a un bicho mexicano con un tigre africano; por supuesto, sobre el astado recayó una “grave responsabilidad: la honra nacional”.
El coso de San Pablo estaba a reventar, pues hay nomás había reunido a 10 mil espectadores.
Si ya de por si resultaba complicada la lucha para el toro, para darle emoción, al tigre se le mantuvo encerradito en una jaula y en ayuno en medio de la plaza, para ser liberado en cuanto el toro salió al ruedo.
“El tigre, dando un tremendo rugido, saltó sobre el lomo del astado haciéndolo sangrar a mares. La multitud enardecida gritaba exigiendo al moribundo animal que sacara a relucir su casta.” Y ¡ay! de nosotros y de nuestra honra, que de no ser porque “el toro ―según cuenta Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, Porrúa 1985― parece que comprendió y con un esfuerzo inexplicable, súbito y acaso pudiera decirse sublime, desencajó al tigre de su lomo, lo derribó y hundió una y diez mil veces sus aceradas astas en el vientre del tigre, regando sus entrañas por el suelo”. Ambos animales quedaron tendidos en la arena y, por supuesto, el público consagró al toro como triunfador.
Y, a propósito de esas cosas que pasan en los cosos cuando llegan las lluvias junto con las novilladas. Chicas, tengan cuidado de con quién se acompañan, no vaya a ser que alguien rememorando una estadía de María Félix y El Flaco de Oro en barrera ―“ella soberbiamente vestida de blanco y él con un muy bien cortado traje negro”―, emule esa tarde de toros en la que empezó a llover y el respetable comenzó a gritarle a La Doña: “¡Maríaaa, Maríaaa! ¡Abre tu paraguas negro!”
1 comentario:
¿Así q x venir el bicentenario d la Independencia festejemos con toros asesinados? Recuerda la semántica noble d tu apellido, date una vuelta al porqué la persona más sabia de Nueva España Juana d Asbaje se decidió poner Sor Juana Inés de la Cruz y quién fue la ejemplar inspiradora, cuya carta al dominico virrey Fray Juan García Guerra sevillano, x celebrar corridas en Viernes Santo ella redactó la primera protesta contra tales crímenes prohibidos entonces x el Concikio d Trento, ahí hay historias verdaderamente divertidas, no loa a la matanza q comenzaron x el clero para Cortés tras el crimen a Cuauhtémoc y x la caída d México Tenochtitlán. En fin, q las primeras diversiones d la nobleza provocaron intoxicación suprema a indios, mulatos y negros, sólo mataban dos astados q se daban a los monasterios para comer. He perdido el sentido del humor gracias a sesos medievales q defienden su morbo a costa del sufrimiento a la vida (sólo sagrada para humanos pero los changos que mueran o esos conejitos, ver Peter Synge y la e- utanasia), oh mar, para q me diste las manos llenas d color si soy PONCE, a mucha honra, el arquetipo q si no lava las manos tampoco ensucia el alma. Ponte changa, ¿se dice así en tierras d gallos hidrocálidos divirtiendo a navajazos la feria San Marcos, camarada? Pero d lo perdido, aparece aquella muerte chiquitita y los documentales d un redactor d la invasión gringa 1847 Gmo. Prieto sobre Coliseo DF hoy tigre vs toro, drogas a tu alcance (Calderón ama los toros, cierto?), Erasmo se moriría d risa desde Rotterdam, chimuelo y todo.Olé, x no decir Alá...
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