11 de mayo de 2008

Viejita pero bonita


......... .......... ......... La arquitectura es siempre sueño y función,
........ ......expresión de una utopía e instrumento de una comodidad
......... ....... ............. .......... .............. ......- Roland Barthes


Dicen los que saben que la historia taurina de México nació el 24 de junio de 1526, con su primer corrida de toros el día de san Juan Bautista, una de las celebraciones más populares de España; para entonces había quedado atrás la gran Tenochtitlan, y el año 3-Casa (1521) era el registro del cumplimiento de un augurio.

Sin embargo, pasarían muchos, pero muchos años para la consolidación de una gran e incluyente fiesta brava, en cuyo inter nacerían, cambiarían, se perderían y construirían infinidad de cosos, como aquel que el obispo y virrey fray García Guerra edificara dentro de Palacio Nacional, entre 1611 y 1612; o el Toreo de la Condesa, que a tan sólo unos meses de la Decena Trágica celebraba una temporada novilleril con 22 festejos; para más tarde ver morir a uno de los más grandes coletas mexicanos: Alberto Balderas, por una cogida de Cobijero.

Y ni que decir, de la Plaza México, que justo acaba de cumplir 62 años y cuya historia coincidentemente quedaría ligada a uno de los archienemigos de las lides: Venustiano Carranza, pues su inauguración se daría el mismo día ―pero 29 años después― de quedar promulgada la Constitución de 1917 (5 de febrero).

Construida por el ingeniero Modesto Rolland, La México formó parte de un proyecto llamado la Ciudad de los Deportes, que inició el empresario yucateco de origen libanés Neguib Simón y otros inversionistas, que incluía además de la plaza otras estructuras.

Para su decoración y mayor significado de arte taurino, fue requerido el trabajo escultórico del valenciano Alfredo Just, quien contó con el apoyo del escultor mexicano Humberto Peraza.

Actualmente la Monumental Plaza México es todo un icono taurino, en cuya ceremonia conviven un trágico ritual con los actos más cotidianos como el comer o el beber, dándose así esa experiencia del desorden, donde las sutilezas caóticas encuentran una identificación, y por unas horas hasta la pertenencia de una unidad.

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