
Compañero o enemigo de la creación según se le aproveche, el ocio es básico para atraer a las musas, aunque también a los demonios particulares con todo y sus horrores.
En el mejor de los casos y bien empleado sirve a las artes, pues en ellas las obsesiones — cualesquiera que éstas sean — se transforman en el pretexto para inventar o imaginar cosas. En ese espacio de tiempo todo es posible.
En una tarde de ocio y estando en Royan, ciudadela de Gironda, Picasso se propuso exorcizar algunos de sus deseos y obsesiones —entre ellas las lides— recurriendo a una escritura automática, ésa que no requiere correcciones y que apunta todo sin mayor reflexión.
Entre juegos de ideas y chuscas palabras, Pablo Picasso formó un collage de trivialidades cotidianas y absurdos, hasta dar forma a una puesta en escena: El deseo atrapado por la cola —que no se quedaría guardado como uno de esos exóticos picassos, que alcanzarían un extraordinario valor hasta ser descubiertos en alguna remodelación de un recinto bancario, como aquel grafito que un día el pintor dejó como recuerdo en una sucursal mientras esperaba ser atendido. El lugar lo estaban arreglando. Así que el artista malagueño se entretuvo pintando en un muro. Se concluyeron los trabajos y el grabado desapareció. Pasarían algunos años y vendrían otras remodelaciones y con ellas el descubrimiento del grafito. El director sabedor de arte y constatando que se trataba de un picasso, quitó el grabado, con toda y la pared, y se lo llevó a su casa―.
En el caso de El deseo atrapado por la cola, éste sería montado con la crema y nata del arte y la intelectualidad francesa, entre ellos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en el París de 1941, en el piso de Picasso.
Y éste es un párrafo que de cuatro días de ocio se desprendieron:
“Tienes la pierna bien hecha y el ombligo bien formado, la cintura fina y los senos perfectos, la curva de las cejas enloquecedora, y tu boca es un nido de flores, tus caderas un sofá y el asiento de tu vientre una barrera para las corridas de toros de la plaza de Nimes, tus nalgas un plato de judías blancas y tus brazos una sopa de aletas de tiburón. ¡Amor mío, pichón mío, leona mía, me enloqueces!”
En el mejor de los casos y bien empleado sirve a las artes, pues en ellas las obsesiones — cualesquiera que éstas sean — se transforman en el pretexto para inventar o imaginar cosas. En ese espacio de tiempo todo es posible.
En una tarde de ocio y estando en Royan, ciudadela de Gironda, Picasso se propuso exorcizar algunos de sus deseos y obsesiones —entre ellas las lides— recurriendo a una escritura automática, ésa que no requiere correcciones y que apunta todo sin mayor reflexión.
Entre juegos de ideas y chuscas palabras, Pablo Picasso formó un collage de trivialidades cotidianas y absurdos, hasta dar forma a una puesta en escena: El deseo atrapado por la cola —que no se quedaría guardado como uno de esos exóticos picassos, que alcanzarían un extraordinario valor hasta ser descubiertos en alguna remodelación de un recinto bancario, como aquel grafito que un día el pintor dejó como recuerdo en una sucursal mientras esperaba ser atendido. El lugar lo estaban arreglando. Así que el artista malagueño se entretuvo pintando en un muro. Se concluyeron los trabajos y el grabado desapareció. Pasarían algunos años y vendrían otras remodelaciones y con ellas el descubrimiento del grafito. El director sabedor de arte y constatando que se trataba de un picasso, quitó el grabado, con toda y la pared, y se lo llevó a su casa―.
En el caso de El deseo atrapado por la cola, éste sería montado con la crema y nata del arte y la intelectualidad francesa, entre ellos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en el París de 1941, en el piso de Picasso.
Y éste es un párrafo que de cuatro días de ocio se desprendieron:
“Tienes la pierna bien hecha y el ombligo bien formado, la cintura fina y los senos perfectos, la curva de las cejas enloquecedora, y tu boca es un nido de flores, tus caderas un sofá y el asiento de tu vientre una barrera para las corridas de toros de la plaza de Nimes, tus nalgas un plato de judías blancas y tus brazos una sopa de aletas de tiburón. ¡Amor mío, pichón mío, leona mía, me enloqueces!”
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