
Si de subjetividades se trata, no hay nada como el duende.
La primera vez que escuché el término, haciendo referencia al toreo, no entendí de qué se trataba y sólo atiné a imaginarme enanitos verdes, sin saber cómo estos se relacionaban con las lides.
Mas fue en mi despreció como término de encanto misterioso e inefable en el flamenco, que comencé a curiosear entre taurinos, que entre más confusiones me llevarían finalmente a Federico García Lorca que, allá por 1933, brindó una serie de conferencias sobre la Teoría y juego del duende, a propósito de dar “una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España”.
Y ha sido uno de los recorridos “virtuales”, por las artes, de lo más sabroso, porque entre intuiciones y definiciones de diferentes virtuosos, no existe algo que lo exprese exactamente con palabras, aunque sí lo más aproximado, que pertenece a Goethe, quien dijo que el duende es ese “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”, y que Lorca resumiría como “un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.”
Mas justo es aclarar, que este duende no debe ser confundido con la musas, porque éste no es inspiración ni origen de la creación como ellas, sino del desarrollo o ejecución misma.
Además, señala García Lorca, el duende no se repite y “en los toros adquiere sus acentos más impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta. Se puede tener musa con la muleta y ángel con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la faena de capa, con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar, se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística,” de tal suerte que “el torero mordido por el duende da una lección de música pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos.”
Así pues ¿dónde está el duende?...
En la ejecución misma de la acción, rayando en el límite de la destrucción de sí mismo, e ignorando por completo a las musas.
La primera vez que escuché el término, haciendo referencia al toreo, no entendí de qué se trataba y sólo atiné a imaginarme enanitos verdes, sin saber cómo estos se relacionaban con las lides.
Mas fue en mi despreció como término de encanto misterioso e inefable en el flamenco, que comencé a curiosear entre taurinos, que entre más confusiones me llevarían finalmente a Federico García Lorca que, allá por 1933, brindó una serie de conferencias sobre la Teoría y juego del duende, a propósito de dar “una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España”.
Y ha sido uno de los recorridos “virtuales”, por las artes, de lo más sabroso, porque entre intuiciones y definiciones de diferentes virtuosos, no existe algo que lo exprese exactamente con palabras, aunque sí lo más aproximado, que pertenece a Goethe, quien dijo que el duende es ese “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”, y que Lorca resumiría como “un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.”
Mas justo es aclarar, que este duende no debe ser confundido con la musas, porque éste no es inspiración ni origen de la creación como ellas, sino del desarrollo o ejecución misma.
Además, señala García Lorca, el duende no se repite y “en los toros adquiere sus acentos más impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta. Se puede tener musa con la muleta y ángel con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la faena de capa, con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar, se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística,” de tal suerte que “el torero mordido por el duende da una lección de música pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos.”
Así pues ¿dónde está el duende?...
En la ejecución misma de la acción, rayando en el límite de la destrucción de sí mismo, e ignorando por completo a las musas.
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