30 de mayo de 2008

De los orígenes


Por Leo Mendoza

Y cuando Zeus se presentó ante Pasífae con toda la majestad de sus atributos olímpicos, ella, como Leda, lo rechazó. Sus ojos, su mirada, su cuerpo, su piel y su memoria aún recordaban a aquel gran toro blanco, el toro de Minos, padre del Minotauro, y de las caricias y los juegos a los que fue sometida cuando, con la ayuda de Dédalo, sedujo a la bestia bajo una piel de ternera. Dicen que así nació el toreo: con la lascivia y la pasión de la mujer y el odio de un Dios en las entrañas.


Malasombra, Pepe (compilador). La puerta de los sustos. Panorámica del cuento taurino contemporáneo. Ed. Ficticia. México, 2003

Postales


No cabe duda que las influencias del arte tauromaco llegan a todos lados. He aquí una postal publicitaria de las librerías mexicanas Gandhi, en promoción a la lectura...

29 de mayo de 2008

Esas cosas que pasan


Una cría de gorrión reposa en una montera durante una lidia en la plaza de Las Ventas de Madrid en esta casi extinta temporada...
Foto de la Agencia de Noticias EFE

La invitación


Pobre toro. Le dijeron que lo iban a llevar a una fiesta y él se vistió de etiqueta, consiguió una botella de vino tinto y un ramo de rosas para la anfitriona... una tal Lidia.

Luis Bernardo Pérez, Fin de fiesta y otras celebraciones (Ficticia/ Conaculta, 2008)

24 de mayo de 2008

La muerte chiquita


Conocida también como orgasmo, la muerte chiquita es amiguísima del toreo.
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De sus preámbulos amorosos, efímeros encuentros o amores eternos se han desprendido infinidad de historias. Los principales protagonistas: los toreros y sus majas.
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Como amantes perfectos, unas veces oníricos y otras muy reales, los matadores han seducido a las mujeres más bellas y talentosas de diversas artes u oficios, robándose en el camino cientos de corazones más, que con un poquito de suerte logran arrancarle al torero algo más que un beso o una taleguilla, para guardarlo como su más indiscreto y paradójicamente íntimo secreto.
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Mas este divino placer no sólo es exclusivo del encuentro con el “héroe” y sin el toro, sino con la corrida misma, cuando se da esa suerte de arte en la que el torero se enfrenta al astado, creando inolvidables estampas cuyo embelesamiento llega hasta los tendidos, en los cuales si uno está atento y se es honesto con el propio cuerpo, se puede aprender a sentir, porque “cuando la temible bestia pasa una y otra vez por la capa sin largas pausas y sin fin, a un dedo de la línea del cuerpo del torero, se experimenta el sentimiento de proyección total y repetida, característica del juego físico del amor. Se siente allí mismo la proximidad de la muerte. Esas series de pases acertados son escasas y desencadenan en la muchedumbre un verdadero delirio; en esos momentos patéticos, gozan las mujeres, tanto se tensan los músculos de las piernas y del bajo vientre…” dice el anónimo narrador de la Historia del ojo, de Georges Bataille, que sin ser una novela taurina, hace uno de los mejores retratos de una lidia en Madrid y del placer que es capaz de despertar en la joven y bella Simone.
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Y si no lo han sentido o no están seguros, convendría recordar su mejor corrida o darse permiso de asistir a una.

23 de mayo de 2008

Por puritito orgullo


.... .... ... .... ... ... .... ... .. Para José Manuel Dip y Arturo Reyes,
... .. ... ... .... .... .... .... por su disposición a compartir historias


Tan cerca estamos del Bicentenario de la Independencia de México, que no está de más zambullirse en uno de esos recortes en pro de nuestro orgullo (bastante zarandeado a veces, pero al fin y al cabo nuestro).

Como aquel que narra Alejandro Rosas en el Relicario mexicano. Episodios inéditos de la historia nacional (Planeta, 2001), en el que un toro fue nuestro representante en una cruenta lucha cuerpo a cuerpo. ¡Qué tal!

Apenas concluyó la guerra de Independencia, a alguien se le ocurrió enfrentar a un bicho mexicano con un tigre africano; por supuesto, sobre el astado recayó una “grave responsabilidad: la honra nacional”.

El coso de San Pablo estaba a reventar, pues hay nomás había reunido a 10 mil espectadores.

Si ya de por si resultaba complicada la lucha para el toro, para darle emoción, al tigre se le mantuvo encerradito en una jaula y en ayuno en medio de la plaza, para ser liberado en cuanto el toro salió al ruedo.

“El tigre, dando un tremendo rugido, saltó sobre el lomo del astado haciéndolo sangrar a mares. La multitud enardecida gritaba exigiendo al moribundo animal que sacara a relucir su casta.” Y ¡ay! de nosotros y de nuestra honra, que de no ser porque “el toro ―según cuenta Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, Porrúa 1985― parece que comprendió y con un esfuerzo inexplicable, súbito y acaso pudiera decirse sublime, desencajó al tigre de su lomo, lo derribó y hundió una y diez mil veces sus aceradas astas en el vientre del tigre, regando sus entrañas por el suelo”. Ambos animales quedaron tendidos en la arena y, por supuesto, el público consagró al toro como triunfador.

Y, a propósito de esas cosas que pasan en los cosos cuando llegan las lluvias junto con las novilladas. Chicas, tengan cuidado de con quién se acompañan, no vaya a ser que alguien rememorando una estadía de María Félix y El Flaco de Oro en barrera ―“ella soberbiamente vestida de blanco y él con un muy bien cortado traje negro”―, emule esa tarde de toros en la que empezó a llover y el respetable comenzó a gritarle a La Doña: “¡Maríaaa, Maríaaa! ¡Abre tu paraguas negro!”

22 de mayo de 2008

Acuérdate de Acapulco


La María bonita, la María del alma de Agustín Lara, además de ser la diva que inspiró al músico a tejer una de las historias musicales, artísticas y románticas más productivas e importantes de México ―con sus tintes de trágicos e intensos apasionamientos―, sin duda, también marcó parte del anecdotario de las lides, ya que como fiel taurina se dejaba ver y venerar desde la barrera, con puro en mano y una soberbia belleza.

Y justo ahora que el diseñador venezolano Nicolás Felizola montó una exposición dedicada a la actriz, titulada María Bonita, icono de la moda, en Miami, Florida ―del 15 de mayo al 6 de junio, para después recorrer México, América Latina y Europa―, es que de entre los recuerdos sobresale Acapulco, el pequeño gran paraíso de la pareja en su luna de miel.

“Ahí me compuso María bonita, la canción que ahora me tocan en todas partes del mundo cuando llego a un restaurante o a un centro nocturno", y que en su primer aniversario de bodas “me la llevó de serenata con Pedro Vargas”, según contará la propia Doña en María Félix, todas mis guerras (Clío).

Mas, es también en Acapulco que yace la plaza de toros Caletilla, inaugurada el 21 de mayo de 1955 con un encierro de Pastejé, que lidió Juan Silveti, Jorge Aguilar El Ranchero y Curro Ortega, y en la que luego de ocho años de no celebrarse corrida alguna, retornaron sus festejos este 2008 con la promesa de continuar con su tradición luego de que recientemente terminara su temporada novilleril.

Y si se creía que en este puerto, los toreros nada más son venerados desde los tendidos, les cuento que descubrí ―por desgracia de pasadita― un restaurante que hace homenaje a El Fandi (David Fandila), torero quien por cierto acaba de recibir en el hotel Santa Paula de Granada el premio AURA, organizado por la revista Restauradores con motivo de su especial España Gastronómica 2008, en la que se dan cita los mejores restauradores del país ibérico. El premio, de carácter anual, se concede a esos personajes, empresas, entidades o asociaciones que han destacado “por un desempeño honorable y eficiente de su labor”.

20 de mayo de 2008

Esa extraña señora…


Y vaya que es una extraña señora la Muerte, sus caprichosas formas de hacerse de los vivos, sorprende con las más burdas o exquisitas manifestaciones.

Un día Guy de Maupassant se convenció de ser inmune, de ser inmortal. “Acabo de pegarme un tiro en la cabeza y sigo incólume. ¿No lo crees? ¡Pues mira!,” dijo a su fiel Tassart mientras se disparaba en la sien, sin morir.

“¡Ya nada puede hacerme daño! Podría cortarme la garganta pero la sangre no manaría”, continúo el escritor. Y aunque ésta sí brotó, tampoco le costó la vida, de hecho, pasaría poco más de un año para que feneciera como consecuencia del deterioro físico que le ocasionara la sífilis.

El 30 de marzo de 1958, Escultor, un astado de Zacatepec, parecía terminar con la vida del diestro Antonio Velázquez.

“El pitón del burel entró en la barba, le atravesó la lengua, le fracturó las mandíbulas, y otros destrozos en la cavidad bucal. La hemorragia no le dejaba respirar, menos estando acostado. Con entereza se sentó para que los médicos actuaran. El pitón quedó a escaso centímetro de la pared del cerebro", cuenta el periodista Guillermo Salas Alonso.

“Todos pensamos ―pero nadie lo dice― que el maestro iba herido de muerte. Pero Antonio no se rinde: lucha, se repone y vuelve ¡triunfador! a los ruedos”, recuerda el taurino José Manuel Dip, quien presenciara esa tarde en el Toreo de Cuatro Caminos, “una de las más terribles cornadas que se pueda imaginar”.

Sin embargo, el destino no tenía previsto que Antonio Velázquez muriera en los ruedos, y esa extraña señora llamada Muerte, decidió llevárselo en 1969 “en un accidente absurdo. Cae de la azotea de su casa mientras enseña a unos amigos las modificaciones que hace al inmueble”.

Tal parecía que sólo había tenido un tiempo extra por una distracción u olvido de la Muerte, pero —parafraseando a Fito Páez, en Flores en su entierro―, una vez que se dio cuenta de su falta, y dado que la Muerte, es celosa y es mujer, ésta se encaprichó con él y se lo llevó a dormir con ella, sin esperar a que se vistiera de luces otra vez.

19 de mayo de 2008

El juego del ocio


Compañero o enemigo de la creación según se le aproveche, el ocio es básico para atraer a las musas, aunque también a los demonios particulares con todo y sus horrores.

En el mejor de los casos y bien empleado sirve a las artes, pues en ellas las obsesiones — cualesquiera que éstas sean — se transforman en el pretexto para inventar o imaginar cosas. En ese espacio de tiempo todo es posible.

En una tarde de ocio y estando en Royan, ciudadela de Gironda, Picasso se propuso exorcizar algunos de sus deseos y obsesiones —entre ellas las lides— recurriendo a una escritura automática, ésa que no requiere correcciones y que apunta todo sin mayor reflexión.

Entre juegos de ideas y chuscas palabras, Pablo Picasso formó un collage de trivialidades cotidianas y absurdos, hasta dar forma a una puesta en escena: El deseo atrapado por la cola —que no se quedaría guardado como uno de esos exóticos picassos, que alcanzarían un extraordinario valor hasta ser descubiertos en alguna remodelación de un recinto bancario, como aquel grafito que un día el pintor dejó como recuerdo en una sucursal mientras esperaba ser atendido. El lugar lo estaban arreglando. Así que el artista malagueño se entretuvo pintando en un muro. Se concluyeron los trabajos y el grabado desapareció. Pasarían algunos años y vendrían otras remodelaciones y con ellas el descubrimiento del grafito. El director sabedor de arte y constatando que se trataba de un picasso, quitó el grabado, con toda y la pared, y se lo llevó a su casa―.

En el caso de El deseo atrapado por la cola, éste sería montado con la crema y nata del arte y la intelectualidad francesa, entre ellos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en el París de 1941, en el piso de Picasso.

Y éste es un párrafo que de cuatro días de ocio se desprendieron:

“Tienes la pierna bien hecha y el ombligo bien formado, la cintura fina y los senos perfectos, la curva de las cejas enloquecedora, y tu boca es un nido de flores, tus caderas un sofá y el asiento de tu vientre una barrera para las corridas de toros de la plaza de Nimes, tus nalgas un plato de judías blancas y tus brazos una sopa de aletas de tiburón. ¡Amor mío, pichón mío, leona mía, me enloqueces!”

18 de mayo de 2008

Cine Mundial


“Qué pena, está triste la princesa porque su radio ya no suena. ¿Cuál es la pila con más potencia y más resistencia?, que conteste la ciencia. RAY-O-VAC excelencia. Cuando pida la pila, pídala con sello de garantía. RAY-O-VAC es la pila…”

Un recuerdo de principios de los años 70 del siglo XX, que un día terminó (junto con otros comerciales) con los noticiarios cinematográficos, para dar el salto a la televisión.

Tras casi dos décadas de anteceder a los filmes, los noticiarios sucumbieron. La tv se convirtió en “la onda”. En los 50 comenzó todo, llegando a sumar poco más de 50 formatos informativos, pero quien tendría la historia más longeva sería Cine Mundial (con 18 años al aire y más de mil números producidos).

En 10 minutos el público se informaba de todo, los quehaceres nacional e internacional, deportes, cine y hasta de toros, estos últimos en la voz de Pepe Alameda, quien no sólo abarcó la crónica taurina, sino también entrevistas y reportajes con toreros y taurinos, así como artistas relacionados con el mundo taurómaco, como aquel que filmó un 6 de diciembre de 1956 dedicado a los Torerillos, esos jovencitos en busca de las glorias del toreo, que practicaban bajo el puente Nonoalco, “un ruedo humilde de la barriada, donde no hay más público que el sol”, o en Chapultepec, o en los Viveros, de Coyoacán.

Lo interesante es saber que estos documentos no sólo son parte de las nostalgias o buena memoria, sino de una colección de materiales en dvd que desde unos años, la Universidad Nacional Autónoma de México, bajo la investigación y compilación del maestro José Francisco Coello Ugalde, ha puesto en circulación bajo el título Tesoros Taurinos de la Filmoteca de la UNAM.

17 de mayo de 2008

El duende


Si de subjetividades se trata, no hay nada como el duende.

La primera vez que escuché el término, haciendo referencia al toreo, no entendí de qué se trataba y sólo atiné a imaginarme enanitos verdes, sin saber cómo estos se relacionaban con las lides.

Mas fue en mi despreció como término de encanto misterioso e inefable en el flamenco, que comencé a curiosear entre taurinos, que entre más confusiones me llevarían finalmente a Federico García Lorca que, allá por 1933, brindó una serie de conferencias sobre la Teoría y juego del duende, a propósito de dar “una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España”.

Y ha sido uno de los recorridos “virtuales”, por las artes, de lo más sabroso, porque entre intuiciones y definiciones de diferentes virtuosos, no existe algo que lo exprese exactamente con palabras, aunque sí lo más aproximado, que pertenece a Goethe, quien dijo que el duende es ese “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”, y que Lorca resumiría como “un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.”

Mas justo es aclarar, que este duende no debe ser confundido con la musas, porque éste no es inspiración ni origen de la creación como ellas, sino del desarrollo o ejecución misma.
Además, señala García Lorca, el duende no se repite y “en los toros adquiere sus acentos más impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta. Se puede tener musa con la muleta y ángel con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la faena de capa, con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar, se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística,” de tal suerte que “el torero mordido por el duende da una lección de música pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos.”

Así pues ¿dónde está el duende?...

En la ejecución misma de la acción, rayando en el límite de la destrucción de sí mismo, e ignorando por completo a las musas.

16 de mayo de 2008

El hombre que llegó a la luna


Brevísimo “torero”, Charles Conrad primero llegó al espacio y luego al ruedo.

Invitado por Luis Miguel Dominguín a lidiar una vaquilla, el astronauta no pudo negarse a probar suerte una tarde, en la que recordó por qué lo suyo, lo suyo era “volar entre las estrellas” y no arrojado por unos pitones. Aunque si le hizo una propuesta al diestro español: “Si usted me enseñara a torear yo podría enseñarle a volar allá (en el espacio)”.

Nacido en Filadelfia en 1930, Conrad fue de los primeros astronautas en participar de un vuelo récord de ocho días en el espacio, además de ser también el tercer hombre en realizar un alunizaje, dejando grabada la frase: “éste pudo haber sido un pequeño paso para Neil (Armstrong), ¡pero ha sido uno grande para mi!”

Y como un pequeño homenaje a Arthur C. Clarke: “La próxima vez que vean ustedes brillar alta la luna llena en el sur; examinen atentamente el borde derecho y dejen resbalar la mirada a lo largo de la curva del disco. Allá donde serían las dos si nuestro satélite fuera un reloj, observarán un minúsculo óvalo oscuro: cualquiera que posea una vista normal puede descubrirlo. Es una gran llanura rodeada de montañas, una de las más hermosas de la Luna, conocida con el nombre de Mare Crisium: el Mar de las Crisis.” Del relato El centinela.

15 de mayo de 2008

¿Y Manolete?


Si la bruja de Blair existiera ¿cuál sería su maldición fílmica?

Seguramente, que aquella cinta que intentara seguir los pasos mercantiles The Blair Witch Project antes de su estreno, creando toda una atmósfera de expectativa taquillera, fuera condenada a permanecer en la oscuridad, enlatada.

Y todo parece apuntar a que eso sucederá con Manolete, de Andrés Vicente Gómez y su productora Lola Films —que hiciera célebres Jamón, jamón, de Bigas Luna; El día de la bestia, de Alex de la Iglesia; y Belle Epoque, de Fernando Trueba, allá por los 90—, pues tras ser anunciada su realización, a los cuatro vientos con bombo y platillo, hace ya casi dos años, nada de nada que se estrena, y lo peor, que ni siquiera se termina.

Cortos del rodaje iban y venían, aprovechando la fama de los protagónicos: Adrien Brody ―quien por cierto recibiera un Oscar en 2003, por su interpretación del pianista polaco Wladyslaw Szpilman, en The pianist de Roman Polanski―, como Manuel Rodríguez Sánchez Manolete, y Penélope Cruz, como Lupe Sino, el último gran amor del torero español.

Se recordó hasta el cansancio, en diferentes medios en México y España, ese 28 de agosto en que, compartiendo cartel con Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín, Islero, un toro de Miura, condenaría a morir a Manolete en Linares.

Aquí, por ejemplo, los que llegaron a verlo —y hasta los que no—, no se cansaron de recordar su participación en la corrida inaugural de la Plaza de Toros México, el 5 de febrero de 1946, y en la que cortó una oreja a Fresnillo, un toro de San Mateo.

En fin, que la primera promesa de estreno del filme fue la primavera de 2007, luego vendría el primer retraso, prolongado a noviembre del mismo año. La justificación: problemas técnicos y de efectos especiales, pues varios de los bureles tenía que ser digitalizados, ya que existía renuencia de los actores principales al “maltrato” de los astados.

Sin embargo, llegó el invierno y una nueva fecha: la primavera de 2008 y aquí estamos sin saber nada, salvo que la cinta sigue en el proceso de post producción, y que es más que un hecho que su productor Andrés Vicente Gómez no tiene dinero para acabarla, así que quizás Manolete se quede enlatada.

14 de mayo de 2008

El toro que ganó un Oscar


.... ..... ... .... .... ... ... ... .... .. ... ... ... ....... Para Paco Peña

Si se hablara de un boom cinematográfico taurino, las primeras cinco décadas del siglo XX serían claves. ¡Imagínense!, hasta un toro obtendría un Oscar.
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El interés que despertaran filmes españoles como Sangre y arena, de Ricardo de Baños y Vicente Blasco Ibáñez (1917), y Currito de la Cruz, de Pérez Lugín (1926), inspiraría a diversos cineastas a querer participar de esa materia, en la que México ya comenzaba a incursionar con la adaptación de Luis Peredo, en 1918, de la Santa de Federico Gamboa, que sin ser una novela taurina toca el tema.
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Luego vendrían más filmes con locaciones en ambos lados del Atlántico, así el ruso Sergei M. Eisenstein cede a la tentación, de darle un espacio a las lides, en la inconclusa cinta ¡Qué viva México!, (1932). Mientras el estadunidense Norman Foster, hace lo propio con La hora de la verdad.
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La realización de cintas no se detiene y menos la participación de coletas como actores. Hasta el diestro Lorenzo Garza ―tras Un domingo en la tarde, de Rafael Portas (1938)―, iría más allá de ser sólo un histrión, para debutar como escritor de la cinta Toros, amor y gloria, que filmaría Raúl de Anda.
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Y si ya los toreros eran protagónicos, qué tal la participación y exitoso debut de Ferdinando, un simpático y pacífico burel que llevaría a su casa productora, Walt Disney, a obtener un Oscar en 1939, por el corto animado Ferdinand, the bull.
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Un divertido cuento infantil ambientado en la más pura expresión de la España taurina, con un toro que nada quiere saber de las corridas y que por un pinchazo de abeja se ve envuelto en una.
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Sin duda este corto no deja de ser polémico, sobre todo entre los más ortodoxos taurinos, pero no se debe olvidar que la historia nació ante una inminente Guerra Civil española, que vista por Disney se volvió un grito pacifista que nunca atentó o crítico realmente a la fiesta brava.
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Y si quisieran conocer o recordar a Ferdinando, ese toro que gusta de oler flores mientras se guarda bajo sombra de su alcornoque favorito, bien podrían darse una vuelta a: http://www.youtube.com/watch?v=K6Pp9-_Au80&feature=related o, si tuviesen algún problema con el link, entrar a YouTube.com y logear: Ferdinando, el toro.

13 de mayo de 2008

La ironía de la suerte


¿La muerte redime? No, pero si da ese momento de dignidad temporal hasta a los personajes más grotescos. Y por irónico que parezca la patética muerte de Pajarito, por descabello y remate en los tendidos, sin lidia, se convirtió en una suerte envidiable de perpetuidad. Su nombre ha quedado grabado en la memoria de taurinos y antitaurinos. Su “vuelo” lo convirtió en figura.

Qué tan grande sería, y será, su buena estrella, que este astado de Cuatro Caminos, se ha convertido en un personaje de ficción y título de Sin sangre Pajarito. Novela no apta para taurinos que va que “vuela” a convertirse en ese fenómeno editorial llamado best seller, con sus debidas proporciones dada su temática y su casi nula difusión e interés comercial, los cuales está revirtiendo, pues Gandhi y El Sótano, sin contar a las pequeñas librerías especializadas, han comenzado a hacerse de algunos ejemplares para su venta, por lo que es más fácil hallar este título, en estas grandes cadenas, que los clásicos: Más cornadas da el hambre, de Luis Spota, Historia verdadera de la evolución del toreo, de Pepe Alameda, o Muerte en la tarde, de Ernest Hemingway, por citar algunos ejemplos de grandes plumas, y ya no digamos los nuevos escritores: La puerta de los sustos. Panorámica del cuento taurino contemporáneo, del compilador Pepe Malasombra, o Tauromaquia mexicana, del periodista Heriberto Murrieta.

Tan oportuna ha sido la figura de Pajarito y la propuesta de lides incruentas, que el velo de su suerte lo extendió a Carlos Hernández González, autor del libro, quien recientemente confesara en una entrevista que va por una segunda tirada del material.

Extraños son estos fenómenos editoriales, que a veces dejan fuera o hacen imperceptibles títulos, sean o no taurinos, donde el miedo es contagioso, el salado sabor del sudor llena una boca o la devoción por una fémina llamada Macorina, endiosa a todas las mujeres hasta convertirla(s) en el mito más humano y perfecto, que sólo se conocen cuando un par de buenos amigos (gracias Ernesto Herrera y Jesús Alejo) le presentan a uno, unas Parábolas del silencio, de Eduardo Antonio Parra, publicado por Era.

12 de mayo de 2008

Adiós al mal de montera


Llegó el día. César Rincón dijo adiós a los ruedos, en su natal Colombia, con un apoteótico mano a mano con Enrique Ponce (quien también está próximo a dejar ese “mal de montera”, que lo ha hecho grande infinidad de tardes).

Santamaría de Bogotá, fue la sede. Abarrotada y cálida, esta plaza se entregó por completo. No conforme con premiar a los matadores con merecidas orejas, también indultó a dos astados, para luego ver partir, en hombros, a ambos toreros.

Mas, como no existe mejor voz que la de Rincón, he aquí que se reproduce un fragmento de la carta de despedida del maese colombiano, aparecida en mundotoro.com

“Ahora que me voy, feliz de haber sido torero y de ser torero para siempre, quiero dar las gracias a todos quienes me dieron una mano para conseguir lo alcanzado. Gracias a Dios, que me permitió vivir la dicha de mi profesión y me arropó en los momentos difíciles. Gracias a mi padre, porque me enseñó el amor al trabajo. A mi madre, que supo darme una voz de aliento y estimularme cuando todo comenzaba (…) A Juan José, un regalo de Dios, por darme la oportunidad de ser su padre. A Natalia, mi esposa, porque ha tenido el temple para acompañarme durante todos estos años. Gracias a todos cuantos pasaron por mi cuadrilla. Sin ellos no habría alcanzado nada. Fueron definitivos para triunfar. Son mi otra familia (…) Gracias al toro. Al toro bueno y al toro malo, porque entre los dos me dieron todo lo que yo tengo. Fue mi gran amigo y mi gran aliado. Y cuando me pidió el carné no tuve problema en mostrárselo. Y que me enseñó a enamorarme de él, hasta convertirme en criador (su ganadería: Las Ventas del Espíritu Santo, conformó el encierro de su despedida) (…) Gracias a Las Ventas, por ella fui y soy feliz, que es tenerlo todo. Su nombre está grabado en mi corazón, en mi ganadería. Gracias a todas las plazas del mundo. A la de México, que me acogió siempre con cariño, y a las plazas de Francia que me hicieron hijo suyo (…) Gracias a mi país y a la gente que ha estado conmigo todos estos años. Me siento orgulloso de ser colombiano y siempre salí a representarlo con la mayor devoción. Su amigo de siempre, César Rincón”.

11 de mayo de 2008

Viejita pero bonita


......... .......... ......... La arquitectura es siempre sueño y función,
........ ......expresión de una utopía e instrumento de una comodidad
......... ....... ............. .......... .............. ......- Roland Barthes


Dicen los que saben que la historia taurina de México nació el 24 de junio de 1526, con su primer corrida de toros el día de san Juan Bautista, una de las celebraciones más populares de España; para entonces había quedado atrás la gran Tenochtitlan, y el año 3-Casa (1521) era el registro del cumplimiento de un augurio.

Sin embargo, pasarían muchos, pero muchos años para la consolidación de una gran e incluyente fiesta brava, en cuyo inter nacerían, cambiarían, se perderían y construirían infinidad de cosos, como aquel que el obispo y virrey fray García Guerra edificara dentro de Palacio Nacional, entre 1611 y 1612; o el Toreo de la Condesa, que a tan sólo unos meses de la Decena Trágica celebraba una temporada novilleril con 22 festejos; para más tarde ver morir a uno de los más grandes coletas mexicanos: Alberto Balderas, por una cogida de Cobijero.

Y ni que decir, de la Plaza México, que justo acaba de cumplir 62 años y cuya historia coincidentemente quedaría ligada a uno de los archienemigos de las lides: Venustiano Carranza, pues su inauguración se daría el mismo día ―pero 29 años después― de quedar promulgada la Constitución de 1917 (5 de febrero).

Construida por el ingeniero Modesto Rolland, La México formó parte de un proyecto llamado la Ciudad de los Deportes, que inició el empresario yucateco de origen libanés Neguib Simón y otros inversionistas, que incluía además de la plaza otras estructuras.

Para su decoración y mayor significado de arte taurino, fue requerido el trabajo escultórico del valenciano Alfredo Just, quien contó con el apoyo del escultor mexicano Humberto Peraza.

Actualmente la Monumental Plaza México es todo un icono taurino, en cuya ceremonia conviven un trágico ritual con los actos más cotidianos como el comer o el beber, dándose así esa experiencia del desorden, donde las sutilezas caóticas encuentran una identificación, y por unas horas hasta la pertenencia de una unidad.

9 de mayo de 2008

Corridas incruentas


Entre los debates más infructuosos que existen, figuran las lides. Tan polémico es que iniciarlo puede alterar los espíritus más inimaginables, como aquella ocasión que llevó a Mario Vargas Llosa a defender la fiesta brava en Barcelona, cuando el ayuntamiento declaró la ciudad como antitaurina, en 2004.

El mismo Justo Sierra quiso impedir la restitución de las lidias en México, allá por 1886, luego de que Juárez las prohibiera, bajo un argumento jurídico: el respeto al Código Penal, que consideraba faltas de tercera clase maltratar o atormentar a los animales. Y es este punto, el del maltrato, el que lleva a los extremos a quienes quieren ver a la fiesta brava fenecer y a quienes gustamos de ella.

Conversando con Miguel Luna Parra, director general del Centro Cultural de la Tauromaquia sobre la sobrevivencia de la fiesta, de pronto me he llevado una de las sorpresas más grandes, que incluso ahora no he terminado de digerir.

Resulta ser que en la cruzada de rescate de las corridas de toros en México, y en una búsqueda de nueva y joven afición comenzó a pensarse en lides incruentas, es decir, en las que se suprimen la suerte de varas y banderillas, además de la muerte por estoque y en el ruedo del toro, a semejanza de la práctica taurina que se da en Portugal.

Y por increíble que parezca, esta idea proviene nada menos que de un ganadero: Carlos Hernández González —quien creciera en Rancho Seco, para luego formar otra ganadería que vendería a sus sobrinos, llamada ahora Cuatro Caminos, aquella que crió al famosísimo Pajarito que literalmente voló hasta los tendidos en enero de 2006—, quien no sólo ha comenzado su campaña con sus cercanos, sino además ha escrito un libro: Sin sangre pajarito. Novela no apta para taurinos. Grupo Editorial Gudiño Cicero, 2007, para reforzar su propuesta. Como literatura es malísimo, de entrada porque no es una novela, es una cosa rarísima; pero como documento o tesis no está por demás revisarlo. ¿Su efectividad? La desconozco, mas no creo que de darse corridas incruentas, la afición regrese o se incremente, será diferente, pero numerosa… lo dudo.

7 de mayo de 2008

De políticos y toros


Tan cercana ha estado la tauromaquia de la vida política, que sus cosos han reunido a cuantos personajes han determinado la vida pública y política de México, desde senadores, diputados, secretarios de Estado y hasta presidentes, basta recordar la afición de Porfirio Díaz, por ejemplo, quien era particularmente amante de la tauromaquia y asiduo asistente al coso de El Toreo. Incluso, se decía que en sus años mozos había practicado el arte de Cúchares en la hacienda El Astillero, ubicada en Huichapan, Hidalgo.

Porfirio Díaz era y se sentía parte del quehacer taurino y en los días de su mandato presenciaba el inicio de la formación de extraordinarios coletas mexicanos, como Rodolfo Gaona, el Indio Grande. Además de convertirse en uno de los principales impulsores de la fiesta y ganadería brava en México.

Quienes también fueron asiduos taurinos como presidentes de la República, fueron Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Y en tiempos contemporáneos podemos recordar, entre los políticos, al Niño Verde —aunque realmente él tiene sus asegunes tanto para el movimiento ecologista que representa, como para la admiración que se le vio alguna vez en las lides, pues si bien gritó eufóricos olés, a nadie se le olvida que mientras aplaudía junto al respetable, su partido presumía espectaculares y hasta una enorme pinta muy cerca de La México, en contra de la fiesta brava, ¡ups!—.

También están los que nunca han negado su afición, como el perredista Jesús Ortega, que no sólo es un apasionado taurino, sino que además ha llevado sus lazos afectivos más allá de los tendidos, pues su esposa es nada menos que pariente del matador Óscar San Román. O el priista Roberto Madrazo.

Y aunque ahora sus ocupaciones presidenciales le impidan regresar a un coso, Felipe Calderón también gozó de las lidias, pues siendo secretario de Energía en el gobierno de Vicente Fox, e incluso antes, no se perdía corrida en la plaza de Insurgentes, con todo y su familia.

6 de mayo de 2008

Las corridas de Amis


Además de la fiesta brava, también me encanta la literatura, y si lo menciono es porque me vengo a encontrar que uno de mis autores favoritos, el inglés Martin Amis, fue un espectador breve de lides, y de esa Experiencia es que me permito compartirles un poco:

“Vi un par de corridas de toros en mi adolescencia, y me apresuré a leer Muerte en la tarde, y unos cuantos libros más sobre el asunto, incluido el de Kenneth Tynan, Bull Fever, rebautizado como Bullshit, por Clave James. Al principio no fui inmune al poderoso e inmediato efecto del espectáculo, pero la emoción se enfrió para dar paso a algo mucho más extraño: una especie de vacuidad insensible.”

Sin embargo, fue de sus andanzas por España que Amis pudo “entrever algo de la otra cara de la fiesta: el héroe de Hemingway, Antonio Ordóñez, ahora retirado, era quizá el personaje más insigne de la Ronda, y lo vi con frecuencia por el pueblo, aunque jamás en el Antonio Ordóñez, uno de mis bares preferidos pese a toda su parafernalia hemingwaiana. Ordóñez era increíblemente guapo y carismático, e irradiaba fulgor como si estuviera bajo unos focos y llevara una gruesa capa de maquillaje. Los días de corrida tomaba las riendas de un coche de caballos y se paseaba en él con su glamourosa mujer y sus hijas (las dos jóvenes más glamourosas de la localidad). El fulgor interior de Ordóñez le venía de la ‘asimilación de la veneración’. Un hombre de valor probado —un matador que entraba a matar por encima de los cuernos, no desde un costado— y uno de los artistas clásicos del toreo. Se le trataba como un héroe de guerra que poseyera asimismo los atributos de un Pavarotti y un Pelé.”

5 de mayo de 2008

¿Genios u hombres?


Cuando a Günter Grass se le ocurrió escribir Pelando la cebolla, no se imaginó que por sus “pecados” juveniles un grupo de políticos, “intelectuales” y moralistas descalificaría su trabajo plástico y literario, para no sólo crucificarlo como hombre, sino para exigirle hasta la devolución de su Nobel. Constatando en su ignorancia u olvidándose a propósito, que el escritor alemán nunca ocultó sus filiaciones, errores y virtudes en otras obras, como Escribir después de Auschwitz.

Igual suerte corrió recientemente el Nobel en Medicina, James Watson, quien en su “inocencia mediática” cuestionó la inteligencia de la raza negra, lo que le valió la censura y casi su trabajo como investigador.

Y a todo esto, ustedes se preguntarán, qué tiene que ver con los toros. Todo y nada. Un día me preguntaron ¿a quién amas más, al hombre o al artista? Al artista, respondí, porque éste crea, y las obras, cuando son arte, son ajenas a cualquier moralidad, pues son representaciones universales sin derechas, izquierdas o centros, son simplemente transmisoras de historias sin filiación, son el resultado de una genialidad que deja fuera a su creador como hombre, con todo y sus errores o preferencias políticas.

Y quizás haya sido por eso que un día Pablo Picasso pudo admirar y querer, como un gran amigo, a Luis Miguel Dominguín —ese torero español que lo mismo se tuteó con Frank Sinatra que con Jean Cocteau, y que Ernest Hemingway describió como una mezcla de Don Juan y Hamlet—. Pues, pese a ser un gran aficionado taurino, el maestro nacido en Málaga en 1881, muy al principio miró a Dominguín con cierto recelo por sus afinidades políticas y amistad con Franco, las cuales nunca compartió.

Mas siendo el pintor un artista, seguro comprendió que en el torero convivían el genio y el hombre, y en consecuencia no le podía valorar por esas filiaciones humanas que se diluían cada vez Luis Miguel Dominguín tomaba los trastos, se paraba en el ruedo con los pies bien puestos frente al toro y realizaba una extraordinaria faena, es decir, cuando no hacía otra cosa que crear y compartir su arte.

4 de mayo de 2008

Cuevas y los toros


........................................ ............. Para Iván Ríos Gascón


Más de un artista se ha visto seducido por el toreo y le ha rendido uno o más homenajes a través de su obra, de hecho ninguna expresión artística ha escapado de él.

Literatos, músicos, escultores, pintores, cineastas y fotógrafos coleccionan las imágenes más representativas de una corrida y dejan aflorar entre letras, música, plástica y vistas, la pasión, la angustia, la entrega, el valor, la nobleza, la belleza y el duelo de una casta de toros y toreros.

Y para muestra, uno de los máximos representantes de la plástica mexicana, que hasta quiso ser torero y que por fortuna se retiró el mismísimo día de su debut: José Luis Cuevas.

Resulta ser, que siendo un mozuelo presenció su primer lidia en un sanatorio —donde se recuperaba su padre de un accidente aéreo—, oyendo a un eufórico respetable entregado a Alberto Balderas, en El Toreo, siguió la corrida hasta el momento más trágico que tuvo ésta, cuando el matador sufrió una mortal embestida de su segundo astado.

Pese a ello, la curiosidad en Cuevas nunca menguó y con los años —cuenta él mismo— se propuso “tomar los trastos” y enfrentar un toro. Se hizo de un maestro y tomó clases en los Viveros, para luego conseguir su primer contrato como aficionado práctico en la plaza Hank González, lugar donde lo perdimos como torero y lo ganamos como plástico, tras una pésima actuación. Y por poquito también lo perdemos como artista, ya que el empresario que le apostó como “matador” lo desdeñó como pintor para realizar el cartel.

Pero como buen amante de los toros, Cuevas reenfocó su pasión y siguió asistiendo a las corridas e incluso, desde la barrera, se ganó como ofrenda algunos astados, abandonándose a esa imaginación colectiva donde todos se entregan al rito de la fiesta brava.

3 de mayo de 2008

Una tarde...


Y es verdad, sólo hace falta una tarde de toros para saber si será lo nuestro o no, porque, créanme, de platicadas ningún sabor puede recrearse si no lo tiene antes registrado la memoria, justo como una corrida, la cual es menester sentirla, olerla, palparla, oírla y vivirla.

Decía Hemingway que “en todas las artes, el placer se acrecienta con el conocimiento que se alcanza de ellas, pero desde la primer corrida que se vaya, el espectador sabrá si le gustan o no los toros, siempre que se haya acudido con espíritu libre, dispuesto a sentir únicamente lo que siente en realidad y no lo que cree que debe sentir.”

La tauromaquia es extrema, no hay medias tintas con y en ella, demanda y despierta en todo momento pasiones y por eso es tan sencillo descubrir, en medio de una total ignorancia o independientemente de si la primer corrida, a la que se asiste, es buena o mala, si uno seguirá fiel a una tarde de sol y sombra.

Mi historia taurina no es nada sensacional. No provengo de una familia amante de las corridas de toros. Mucho menos tengo un antecedente cercano. Y mi primer lidia se remonta a hace apenas nueve años. Sin embargo, siempre he admirado el arte y ésta, desde que existe, ha involucrado a los toros de una u otra manera, por lo que era de esperarse que la fiesta brava, un día, reclamara mi atención.

Cuando recibí la invitación para asistir a una corrida no puede negarme, y aún ahora le agradezco infinitamente a aquella persona que me acercó a la fiesta brava, su disposición y las tardes que compartimos.

Si bien una lidia representa una seria polémica, que día con día me convenzo es por demás inútil, lejos de pretender convencer a la gente sobre el “arte” que encierra una tarde de toros y por qué “deben” existir, mi intención es contarles algunas historias que mucho o poco tiene que ver con el fascinante mundo de los toros. Permitiéndome de vez en vez compartirles algunas de mis otras pasiones, intereses y quehaceres. Sean pues bienvenidos.