
Entre los debates más infructuosos que existen, figuran las lides. Tan polémico es que iniciarlo puede alterar los espíritus más inimaginables, como aquella ocasión que llevó a Mario Vargas Llosa a defender la fiesta brava en Barcelona, cuando el ayuntamiento declaró la ciudad como antitaurina, en 2004.
El mismo Justo Sierra quiso impedir la restitución de las lidias en México, allá por 1886, luego de que Juárez las prohibiera, bajo un argumento jurídico: el respeto al Código Penal, que consideraba faltas de tercera clase maltratar o atormentar a los animales. Y es este punto, el del maltrato, el que lleva a los extremos a quienes quieren ver a la fiesta brava fenecer y a quienes gustamos de ella.
Conversando con Miguel Luna Parra, director general del Centro Cultural de la Tauromaquia sobre la sobrevivencia de la fiesta, de pronto me he llevado una de las sorpresas más grandes, que incluso ahora no he terminado de digerir.
Resulta ser que en la cruzada de rescate de las corridas de toros en México, y en una búsqueda de nueva y joven afición comenzó a pensarse en lides incruentas, es decir, en las que se suprimen la suerte de varas y banderillas, además de la muerte por estoque y en el ruedo del toro, a semejanza de la práctica taurina que se da en Portugal.
Y por increíble que parezca, esta idea proviene nada menos que de un ganadero: Carlos Hernández González —quien creciera en Rancho Seco, para luego formar otra ganadería que vendería a sus sobrinos, llamada ahora Cuatro Caminos, aquella que crió al famosísimo Pajarito que literalmente voló hasta los tendidos en enero de 2006—, quien no sólo ha comenzado su campaña con sus cercanos, sino además ha escrito un libro: Sin sangre pajarito. Novela no apta para taurinos. Grupo Editorial Gudiño Cicero, 2007, para reforzar su propuesta. Como literatura es malísimo, de entrada porque no es una novela, es una cosa rarísima; pero como documento o tesis no está por demás revisarlo. ¿Su efectividad? La desconozco, mas no creo que de darse corridas incruentas, la afición regrese o se incremente, será diferente, pero numerosa… lo dudo.
El mismo Justo Sierra quiso impedir la restitución de las lidias en México, allá por 1886, luego de que Juárez las prohibiera, bajo un argumento jurídico: el respeto al Código Penal, que consideraba faltas de tercera clase maltratar o atormentar a los animales. Y es este punto, el del maltrato, el que lleva a los extremos a quienes quieren ver a la fiesta brava fenecer y a quienes gustamos de ella.
Conversando con Miguel Luna Parra, director general del Centro Cultural de la Tauromaquia sobre la sobrevivencia de la fiesta, de pronto me he llevado una de las sorpresas más grandes, que incluso ahora no he terminado de digerir.
Resulta ser que en la cruzada de rescate de las corridas de toros en México, y en una búsqueda de nueva y joven afición comenzó a pensarse en lides incruentas, es decir, en las que se suprimen la suerte de varas y banderillas, además de la muerte por estoque y en el ruedo del toro, a semejanza de la práctica taurina que se da en Portugal.
Y por increíble que parezca, esta idea proviene nada menos que de un ganadero: Carlos Hernández González —quien creciera en Rancho Seco, para luego formar otra ganadería que vendería a sus sobrinos, llamada ahora Cuatro Caminos, aquella que crió al famosísimo Pajarito que literalmente voló hasta los tendidos en enero de 2006—, quien no sólo ha comenzado su campaña con sus cercanos, sino además ha escrito un libro: Sin sangre pajarito. Novela no apta para taurinos. Grupo Editorial Gudiño Cicero, 2007, para reforzar su propuesta. Como literatura es malísimo, de entrada porque no es una novela, es una cosa rarísima; pero como documento o tesis no está por demás revisarlo. ¿Su efectividad? La desconozco, mas no creo que de darse corridas incruentas, la afición regrese o se incremente, será diferente, pero numerosa… lo dudo.
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