
Y vaya que es una extraña señora la Muerte, sus caprichosas formas de hacerse de los vivos, sorprende con las más burdas o exquisitas manifestaciones.
Un día Guy de Maupassant se convenció de ser inmune, de ser inmortal. “Acabo de pegarme un tiro en la cabeza y sigo incólume. ¿No lo crees? ¡Pues mira!,” dijo a su fiel Tassart mientras se disparaba en la sien, sin morir.
“¡Ya nada puede hacerme daño! Podría cortarme la garganta pero la sangre no manaría”, continúo el escritor. Y aunque ésta sí brotó, tampoco le costó la vida, de hecho, pasaría poco más de un año para que feneciera como consecuencia del deterioro físico que le ocasionara la sífilis.
El 30 de marzo de 1958, Escultor, un astado de Zacatepec, parecía terminar con la vida del diestro Antonio Velázquez.
“El pitón del burel entró en la barba, le atravesó la lengua, le fracturó las mandíbulas, y otros destrozos en la cavidad bucal. La hemorragia no le dejaba respirar, menos estando acostado. Con entereza se sentó para que los médicos actuaran. El pitón quedó a escaso centímetro de la pared del cerebro", cuenta el periodista Guillermo Salas Alonso.
“Todos pensamos ―pero nadie lo dice― que el maestro iba herido de muerte. Pero Antonio no se rinde: lucha, se repone y vuelve ¡triunfador! a los ruedos”, recuerda el taurino José Manuel Dip, quien presenciara esa tarde en el Toreo de Cuatro Caminos, “una de las más terribles cornadas que se pueda imaginar”.
Sin embargo, el destino no tenía previsto que Antonio Velázquez muriera en los ruedos, y esa extraña señora llamada Muerte, decidió llevárselo en 1969 “en un accidente absurdo. Cae de la azotea de su casa mientras enseña a unos amigos las modificaciones que hace al inmueble”.
Un día Guy de Maupassant se convenció de ser inmune, de ser inmortal. “Acabo de pegarme un tiro en la cabeza y sigo incólume. ¿No lo crees? ¡Pues mira!,” dijo a su fiel Tassart mientras se disparaba en la sien, sin morir.
“¡Ya nada puede hacerme daño! Podría cortarme la garganta pero la sangre no manaría”, continúo el escritor. Y aunque ésta sí brotó, tampoco le costó la vida, de hecho, pasaría poco más de un año para que feneciera como consecuencia del deterioro físico que le ocasionara la sífilis.
El 30 de marzo de 1958, Escultor, un astado de Zacatepec, parecía terminar con la vida del diestro Antonio Velázquez.
“El pitón del burel entró en la barba, le atravesó la lengua, le fracturó las mandíbulas, y otros destrozos en la cavidad bucal. La hemorragia no le dejaba respirar, menos estando acostado. Con entereza se sentó para que los médicos actuaran. El pitón quedó a escaso centímetro de la pared del cerebro", cuenta el periodista Guillermo Salas Alonso.
“Todos pensamos ―pero nadie lo dice― que el maestro iba herido de muerte. Pero Antonio no se rinde: lucha, se repone y vuelve ¡triunfador! a los ruedos”, recuerda el taurino José Manuel Dip, quien presenciara esa tarde en el Toreo de Cuatro Caminos, “una de las más terribles cornadas que se pueda imaginar”.
Sin embargo, el destino no tenía previsto que Antonio Velázquez muriera en los ruedos, y esa extraña señora llamada Muerte, decidió llevárselo en 1969 “en un accidente absurdo. Cae de la azotea de su casa mientras enseña a unos amigos las modificaciones que hace al inmueble”.
Tal parecía que sólo había tenido un tiempo extra por una distracción u olvido de la Muerte, pero —parafraseando a Fito Páez, en Flores en su entierro―, una vez que se dio cuenta de su falta, y dado que la Muerte, es celosa y es mujer, ésta se encaprichó con él y se lo llevó a dormir con ella, sin esperar a que se vistiera de luces otra vez.
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