
Torito bravo, no me lo mires de
esa manera, deja que adorne tus
rizos negros con su montera,
torito noble, ten compasión, que
entre bordados, lleva encerrado,
Francisco Alegre y olé, mi corazón
De esos pretextos que a veces se encuentra uno para contar historias, resulta ser que me he topado con el contemporáneo cine colombiano y, cubriendo uno de mis pendientes cinematográficos, vi La virgen de los sicarios, de Barbet Schroeder.
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En este filme homónimo de la novela de Fernando Vallejo —a quien por cierto le correspondiera adaptar su obra a guión—, me encontré no sólo con el romance de un veterano y exitoso escritor colombiano y un jovencísimo sicario, sino además con el célebre Francisco Alegre, un pasodoble creado en 1942 por Rafael de León, Manuel Quiroga y José Antonio Ochaita. Y que para suerte de los protagonistas se convierte en su canción de amor. El escenario: El patio del tango, un restaurante argentino, en el que, “para variar”, su dueño interpreta pasodobles y boleros.
Si bien la referencia nos remite a esa Colombia taurina, la cinta poco tiene que ver con el espíritu taurómaco, aunque, ya muy forzado, se podría tejer un paralelismo con el coqueteo descarado que se da con la muerte, pues el Medellín retratado lleva la tragedia de los ruedos a las calles. Las faenas y el sobrevivir diario sustituyen los capotes y estoques por motocicletas y balas.
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Así, Fernando Vallejo (Germán Jaramillo), que regresa a Medellín “a morir”, se encuentra con el amor y con la violencia exacerbada que un día le arrebatara a su familia y, que también, le quitaría a los dos últimos hombres que amó: Alexis (Anderson Ballesteros) y Wilmar (Juan David Restrepo), que, en la ironía de la vida, se deben su propia muerte.
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Es, sin duda, una historia de amor inserta en el drama, donde el mayor exceso está en quitar de en medio a quienes estorban, literalmente desapareciéndolos de la faz de la tierra, haciendo caso, quizás, al propio Fernando que afirma que “hay que agarrar todos los vicios para probar que estamos vivos”.